Hace unos días fui a visitar a nuestro proveedor de denim.
Nosotros trabajamos con dos tipos distintos: uno para los delantales y otro para las chaquetas y joggers. Hoy hay muchísima variedad de denims: colores, gramajes, rígidos, elastizados. Estando en el galpón, viendo rollos y más rollos de tela, me empecé a hacer una pregunta bastante simple:
¿cómo se inventó el denim y cómo llegó a tener tantas variantes?
Había algo que sí tenía claro.
Sabía que el denim se había creado para trabajar. Pero entonces aparecía otra duda: si nació con ese fin, ¿qué pasó para que hoy existan telas de denim que ya no cumplen esa función?
Lo primero que me llamó la atención fue el origen de su nombre. Sinceramente, nunca me lo había preguntado. Si alguien me hubiera pedido una respuesta rápida, hubiera dicho que el denim nació en Estados Unidos.
Pero investigando un poco me encontré con otra historia. La versión que más aparece es que su nombre viene de Nîmes, Francia. A esta tela se la conocía como “Serge de Nîmes”, que traducido sería “sarga de Nîmes”. Con el tiempo, al acortarse el nombre, quedó simplemente “de Nîmes”, y de ahí, denim.
Ojo: el dato es un poco confuso, porque en la investigación también aparece que el serge de Nîmes era una mezcla de fibras, mientras que el denim que conocemos hoy es 100% algodón.
Mi confusión con el origen tenía sentido, porque la fama real del denim llega cuando entra de lleno en el mundo del trabajo en Estados Unidos. Se empezó a usar en tareas pesadas como minería, ferrocarril, campo y trabajos donde la ropa se rompía rápido. Por su resistencia, el denim se convirtió en el socio ideal del trabajador.
Los primeros “jeans” nacen justamente como respuesta a un problema concreto: la ropa no aguantaba el uso diario. El denim vino a resolver eso.
Otro dato interesante es que en 1873 Levi Strauss, junto con Jacob Davis, incorporaron los remaches como refuerzo en las zonas donde la costura no solía resistir. Seguro ya sabés de cuáles hablamos: los bolsillos.
Incluso el color clásico, el índigo, no fue una elección azarosa. Se usaba porque ayudaba a disimular la suciedad del uso diario. Todo en el denim tenía una lógica funcional.
Hasta acá, el denim como herramienta de trabajo.
Pero todavía faltaba entender cómo pasó de ser una tela pensada para el oficio a convertirse en algo que usamos prácticamente para todo.
Alrededor de 1950, los jeans empiezan a ser adoptados por quienes suelen resignificar las cosas y empujar cambios: los jóvenes. Empiezan a usarse como símbolo de rebeldía, de calle, y poco a poco el término “denim” queda más asociado al mundo del trabajo, mientras que “jeans” pasa a representar una prenda cotidiana.
Entre 1970 y 1990 el uso del denim explota. No solo se populariza aún más, sino que aparecen muchas de las variantes que usamos hoy: denim prelavado, efectos gastados, roturas. En esa estética más vivida influyeron fuerte figuras de la cultura popular, como Kurt Cobain y sus jeans rotos.
Ahí aparece un quiebre importante.
El denim, tal como había nacido —crudo, rígido y resistente— empieza a transformarse. Se buscan telas más suaves, que encojan menos, que sean más cómodas y que ya vengan con un look usado. Así nace la cultura del lavado industrial.
Como todas las telas, el denim también se diferencia por peso. Se suele clasificar en tres grandes grupos: liviano (8 a 10 oz), mediano (11 a 13 oz) y pesado (14 a 16 oz). Según el producto que se vaya a fabricar, se elige una u otra variante. En ropa de trabajo, lo lógico es moverse entre denims medianos y pesados, mientras que los livianos suelen destinarse a la moda.
Y acá aparece un punto clave.
El precio cambia según el tipo de denim. Y muchas veces, algunos fabricantes priorizan el costo antes que el uso real de la prenda. Así es como hoy el mercado se llenó de indumentaria de trabajo hecha con denim pensado para la moda, dando como resultado productos con muy poca durabilidad.
Después de investigar un poco el origen del denim y de cruzarlo con situaciones que vemos seguido en NTM, decidimos escribir esta nota. No para dar cátedra, sino para compartir información que ayuda a elegir mejor.
Porque entender de dónde viene una tela también ayuda a no equivocarse al usarla. Y en muchos casos, elegir bien desde el inicio ahorra tiempo, problemas y reemplazos innecesarios.
